LA ESCUELA INTERPELADA POR LA CIUDAD O LOS
NUEVOS MODOS DE ESTAR JUNTOS
Partamos de una constatación decisiva: como afirma Furio Colombo: “hay
un evidente desnivel de vitalidad entre el territorio real y el propuesto por los
massmedia. La posibilidad de desequilibrios no deriva sin embargo del exceso
de vitalidad de los medios, antes bien proviene de la débil, confusa y estancada
relación entre los ciudadanos con el territorio real” (7). Es el desequilibrio
generado por un tipo de ciudad cada día más extensa y descentrada, en la que
el desarraigo y el crecimiento de la marginación se acompaña de una acelerada
pérdida de la memoria urbana, la radio, la televisión y la red informática, que
acaba convirtiéndose en un dispositivo de comunicación capaz de ofrecer
formas con las que contrarrestar el aislamiento y la incertidumbre de los
individuos, posibilitando vínculos culturales a las diversas agrupaciones en
que se fragmenta la sociedad. Pero de esa compensación al disfrazamiento
culturalista de los problemas sociales tras las tensiones y virtualidades
generadas en el ámbito comunicacional hay mucho trecho. Cualquier
sustitución de las condiciones sociopolíticas por el cambio tecnológico
encuentra su desmentido más tajante en la insaltable zanja que separa la
levedad del mundo de la información –la virtualidad de sus circuitos y redes,
de sus dispositivos de procesamiento y almacenamiento, de su interactividad
y velocidades– del espesor y la gravedad del mundo de la incomunicación que
representan/producen las implacables y abigarradas violencias mediante las
cuales unos actores –lumpen, delincuentes, narcotraficantes– desbordan y
desbaratan con sus guerras las barreras alzadas por otros actores que, en su
renovado esfuerzo por seguir demarcando la ciudad y marcando la exclusión,
se aíslan para protegerse mediante conjuntos habitacionales o financieros
cerrados y armados con policías, perros y circuitos electrónicos de vigilancia.
La diseminación/fragmentación de la ciudad contemporánea espesa,
densifica la mediación de la experiencia tecnológica hasta volver vicaria la
experiencia del lazo social (8). Y es en ese nuevo espacio comunicacional,
tejido ya no de encuentros y muchedumbres sino de conexiones, flujos y
redes, en el que emergen nuevos “modos de estar juntos” y otros dispositivos
de percepción mediados, en un primer momento por la televisión, después
por el computador y después por la imbricación entre televisión e Internet
en una acelerada alianza entre velocidades audiovisuales e informacionales:
“Un aire de familia vincula la variedad de las pantallas que reúnen nuestras
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experiencias laborales, hogareñas y lúdicas” (9). Atravesando y reconfigurando
hasta las relaciones con nuestro cuerpo, la ciudad virtual ya no requiere
cuerpos reunidos sino interconectados. Mientras el cine catalizaba la
“experiencia de la multitud” en la calle, pues era en multitud que los
ciudadanos ejercían su derecho a la ciudad, lo que ahora cataliza la televisión
es por el contrario la “experiencia doméstica” y domesticada: es “desde la
casa” que la gente ejerce ahora cotidianamente su conexión con la ciudad.
Entre el pueblo que tomaba la calle y el público que llenaba las salas de cine
la relación conservaba el carácter colectivo de la experiencia, de los públicos
de cine a las audiencias de televisión el desplazamiento señala una profunda
transformación: la pluralidad social sometida a la lógica de la desagregación
hace de la diferencia una mera estrategia del rating, e imposible de ser
representada en la política la fragmentación de la ciudadanía es tomada a
cargo por el mercado.
Lo que pone en evidencia la densa relación de los flujos que establece el
régimen económico de la temporalidad –al tornar aceleradamente obsoletos
los productos, las mercancías– con el régimen estructural de la televisión
tornando indiferenciables, equivalentes y desechables, todos sus relatos y
discursos. Tiene toda la razón Beatriz Sarlo cuando afirma que sin el zapping
la televisión estaba incompleta (10). Pues la metáfora del zappar ilumina
doblemente la escena social. Es con pedazos, restos y desechos que buena
parte de la población arma los cambuches en que habita, teje el rebusque con
que sobrevive y mezcla los saberes con que enfrenta la opacidad urbana. Y hay
también una cierta y eficaz travesía que liga los modos de ver desde los que el
televidente explora y atraviesa el palimpsesto de los géneros y los discursos,
con los modos nómadas de habitar la ciudad –tanto los del emigrante al que
toca seguir indefinidamente emigrando dentro de la ciudad a medida que se
van urbanizando las invasiones y valorizándose los terrenos, y también los
desplazamientos de la banda juvenil que cambia sus lugares de encuentro
constantemente.
Donde estos cambios se hacen ostensiblemente visibles, y radicalmente
desconcertantes para el mundo escolar, es en el mundo de los más jóvenes
cuya empatía con los lenguajes audiovisuales y digitales está hecha de una
fuerte complicidad expresiva ya que es en sus sonoridades, fragmentaciones
y velocidades donde ellos encuentran su ritmo y su idioma. Idioma en el que
la oralidad que perdura en los países latinoamericanos como experiencia
cultural primaria de las mayorías entra en complicidad con la oralidad
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secundaria que tejen y organizan las gramáticas tecnoperceptivas de la
visualidad electrónica. Una visualidad “capaz de hablar culturalmente –y no
sólo de manipular técnicamente– de abrir nuevos espacios y tiempos a una
nueva era de lo sensible” (11). La densa significación social que ello tiene
en la vida de los jóvenes ha sido pioneramente analizada por E. Gil Calvo
sirviéndose de los tres “modos de regulación de la conducta” propuestos por
W. Ashby: los primarios que son los morales y rituales (mitologías, religiones,
nacionalismos ), los secundarios, que son modales y mimético-ejemplares
(moda, opinión pública, comunicación masiva), y los terciarios que son
numéricos y experimentales (ciencia, técnica y dinero). Gil Calvo plantea que
entre los jóvenes son los reguladores secundarios los que mejor suministran
la información necesaria para articular los cambiantes intereses del día a día.
Lo que significa que son la televisión, la publicidad, la moda, la música y los
espectáculos –y no la moral tradicional que es más bien un obstáculo para el
cambio, ni la razón científico/técnica pues por su elevado costo sólo está al
alcance de una pequeña elite– los que resultan siendo para la inmensa mayoría
la fuente de información más adecuada para “saber quién es quién” en la
sociedad de mercado y en la defensa de intereses, para informarse acerca de
los cambios de conducta “que se llevan en esta temporada”, para saber cómo
varía la conducta de la gente “al compás del cambio social”. De manera que la
cultura audiovisual se convierte así en la única capaz de instruir a la mayoría
“no sobre la naturaleza del cambio social pero sí sobre los efectos que el
cambio social genera en las condiciones de vida de las personas” (12).
Lo que Gil Calvo afirma sobre el regulador terciario para el caso de los
jóvenes, en su figura de la enseñanza secundaria y universitaria, muestra que,
aunque los estudios secundarios y universitarios pueden ser determinantes,
resultan sin embargo claramente incapaces de inculcar la mentalidad científica
e incluso de suministrar una seria información tecno-científica, y por lo tanto
sus diplomas cada día valen menos a la hora de conseguir empleo. Con lo que,
si la escuela o la academia no les sirven a los jóvenes para informarse sobre
el futuro ocupacional, estos acaban resignificando ese regulador terciario
transformándolo en secundario, es decir, les sirve para informarse sobre el
repertorio de los grupos de referencia que, por sus logros, son a los que deben
imitar. Y el mundo de la enseñanza/aprendizaje se verá así interiormente
conectado con el mundo audiovisual y tecnológico en lo que este tiene hoy a
la vez de cohesionador juvenil y de divisor social, que no sólo reproduce sino
que agrava las diferencias abismales entre los muy diversos modos sociales de
relación con la tecnología y con su proclamada interactividad.
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Las paradojas de que se carga la “condición joven” en esa situación han sido
sintetizadas así por M. Hoppenhain (13): estamos ante una juventud que goza
de más acceso a la educación y la información pero de mucho menos acceso
al empleo y a poder, dotada de la mayor aptitud para el cambio productivo
resulta sin embargo la más excluida de éste, con el mayor acceso al consumo
simbólico pero con una fuerte restricción en el consumo material, con un gran
sentido de protagonismo y autodeterminación mientras la vida de la mayoría
se desenvuelve en la precariedad y la desmovilización, y en últimas una
juventud más objeto de políticas que sujeto-actor de cambios. Ese cúmulo de
tensiones, formuladas en modos muy diversos, ha conducido a la investigación
a trasladar su centro hacia el fenómeno de la informalidad (14) –en trance de
tornarse estructural por la globalidad de actividades que abarca en la sociedad
actual– en unas vidas y unos comportamientos especialmente marcados por
esta dualidad: de un lado la más severa inestabilidad laboral, y del otro, un
consumo cultural –de música, cine, vestimentas y entretenimiento en general–
realizado por vías ilegales, especialmente mediante el uso intensivo de la
piratería, una práctica subjetiva y colectivamente legitimada como estrategia
de los desposeídos para conectarse y sobrevir como individuos y grupos. Lo
que Gil Calvo liga al hecho de que “las marcas y señales audiovisuales, como
las marcas y señales académicas que trazan las instituciones de enseñanza, no
sólo marcan el puesto que cada joven ocupa en la estructura social sino que
contribuyen a perennizar la desigual estructura social” (15). Pero a renglón
seguido se señala también la diferencia entre esos dos tipos de reguladores:
mientras el campo de la enseñanza no puede seguir el ritmo de los cambios en
la estructura productiva y ocupacional y por tanto entraba la movilidad social,
las marcas del mundo comunicativo audiovisual –mucho más cercano de la
evolución productiva y ocupacional– permite mucha mayor movilidad social.
Especialmente significativo se torna, tanto en la investigación sociológica
de Gil Calvo como en la de varios antropólogos, otro rasgo sintomático
compartido por los jóvenes: el estratégico lugar que la música ocupa en sus
vidas en cuanto organizador social del tiempo y conector generacional o
intergeneracional por antonomasia, como lo evidencia su lucha por legitimar
el acceso a, y el uso libre de, la música en Internet. Entre los jóvenes lo que
está dando forma al amorfo tiempo del ocio/sin trabajo es la música pues
“lo despliega rítmicamente (...) permitiendo hacer diseños abstractos de
temporalidad experimental” (16). Resulta bien esclaracedor que la antropóloga
Amparo Larsen llame A contratiempo a un pionero libro que investiga las
temporalidades juveniles (17), y cuya primera parte se halla dedicada por
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entero a estudiar el alcance y sentidos del ritmo en las modernas sociedades
arrítmicas. ¿No será la música el interfaz que les permite a los jóvenes
conectarse a, y conectar entre sí, referentes culturales, dominios de prácticas
y saberes que para los adultos nos resultan tan heterogéneos e imposibles de
juntar?
De ahí que los jóvenes se muevan entre el rechazo a la sociedad y su refugio en
la fusión tribal. Millones de jóvenes a lo largo del mundo se juntan sin hablar,
sólo para compartir la música, para estar juntos a través de la comunicación
corporal que ella genera. Esa palabrita que hoy denomina una droga, el éxtasis,
se ha convertido en el símbolo y metáfora de una situación extática, esto es
del estar fuera de sí, del estar fuera del yo que le asigna la sociedad, y que
los jóvenes se niegan a asumir. No porque sean unos desviados sociales sino
porque sienten que la sociedad no tiene derecho a pedirles una estabilidad
que hoy no confiere ninguna de las grandes instituciones socializadoras. La
política y el trabajo, la escuela y la familia, atraviesan su más honda y larga de
las crisis... de identidad. Pero esa trama de interacciones entre sujetos donde
las mediaciones tecnológicas potencia entre los adultos y los maestros una
apocalíptica visión de los más jóvenes: sus tendencias al ensimismamiento,
el computador volviéndolos agorafóbicos, dominándolos como una adicción
que los aísla, que los desvincula de la realidad. Y no es que no haya algo de
cierto hay en esos temores pero lo que revelan las investigaciones muestran
otro panorama. Eso fu lo que nos mostró la investigación que durante un año
y medio hicimos en Guadalajara, México, sobre Los usos jóvenes de Internet
(18), y en la que ni la adicción, ni el aislamiento, ni la pérdida del sentido de
la realidad marcaron la tendencia. La gente joven que usa frecuentemente
Internet sigue igualmente frecuentando la calle, gozando la fiesta de fin
de semana y prefiriendo la compañía al aislamiento, incluso para jugar en
Internet o hacer la tareas. Hay una cierta adicción, pero esa ni es la única ni
la más fuerte, y desde luego no es esa de la que se muere sino de otras bien
distintas. Un ejemplo entre otros de la sociabilidad no perdida: muchachos
que tienen computador en casa se van sin embargo al cibercafé a hacer las
tareas porque es allí donde pueden compartirlas con amigos, al mismo tiempo
que comparten las aventuras del juego.
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